Comentario Nº 96, 1 de septiembre de 2002
George W. Bush, Principal Agente de Osama bin Laden
Osama bin Laden dejó claro el 11 de septiembre de 2001 que deseaba herir gravemente a Estados Unidos y derrocar a los gobiernos de "malos musulmanes", en particular los de Arabia Saudí y Pakistán. George W. Bush está haciendo horas extras para ayudarle a lograr esos objetivos. De hecho, se podría decir que sin George W. Bush Osama bin Laden no podría alcanzarlos, al menos a corto plazo.
George W. Bush se está preparando para invadir Iraq. La oposición a esa iniciativa se está haciendo impresionante. En primer lugar, en los propios Estados Unidos, dos grupos se han hecho oír repetidamente en las últimas semanas. Uno es al que llaman "los viejos Bushies", esto es, el padre de George W. Bush y quienes fueron sus más cercanos consejeros. Hemos oído advertencias muy serias de James A. Baker, Brent Snowcroft y Lawrence Eagleburger, todos ellos parte del cogollo de la Administración del primer presidente Bush, de que una invasión ahora, sin autorización de la ONU, es poco prudente y además innecesaria, y sólo puede tener consecuencias negativas para Estados Unidos.
Luego está la oposición de los militares. Brent Snowcroft está, como es sabido, en la reserva. Pero también hemos oído a Norman Schwarzkopf, que dirigió las tropas estadounidenses en la Guerra del Golfo, a Anthony Zinni, que mandó a los soldados estadounidenses en Oriente Medio y ha sido el mediador de esta administración entre israelíes y palestinos, y a Wesley Clark, que estuvo al mando de las fuerzas de la OTAN en la operación de Kosovo. Todos ellos dicen que no será fácil desde el punto de vista militar, que no es militarmente necesario en este momento, y que tendrá consecuencias negativas para Estados Unidos. Se cree que esos militares retirados hablan en nombre de muchos que todavía están en activo.
Añadamos a esos militares los nombres de Richard Armey, el dirigente de la mayoría republicana en la Casa de Representantes y del senador Chuck Hagel, veterano de Vietnam y senador republicano por Nebraska, que se han sumado a la poderosa oposición interna a la aventura propuesta por Bush. Obsérvese que no hay demócratas en esa lista. Los demócratas han sido extraordinaria y vergonzosamente tímidos en todo el debate.
Luego está la oposición de los amigos y aliados de Estados Unidos. Los canadienses dicen que no se les ha presentado pruebas que justifiquen una invasión; los alemanes dicen que no enviarán tropas; los rusos han dedicado las últimas semanas a mantener discusiones muy notorias con los tres miembros del eje del mal: Iraq, Irán y Corea del Norte. Los países árabes "moderados" se precipitan uno tras otro a decir que no permitirán que su territorio sea utilizado para un ataque contra Iraq: Arabia Saudí, Jordania, Egipto, Bahrain, Qatar... Los kurdos se negaron a acudir a una asamblea de la oposición iraquí celebrada bajo los auspicios estadounidenses en Estados Unidos. Hasta en Gran Bretaña Estados Unidos se está encontrando con problemas. Sí, Tony Blair parece incondicionalmente leal, aunque se queja de que Estados Unidos no le da oportunidad de ayudarle (esto es, pruebas concretas que pueda mostrar a otros). La mayoría de los ciudadanos británicos se oponen a la acción militar, y Blair se niega a permitir una discusión en el gabinete británico porque sabe la fuerte oposición que encontraría, en primer lugar de Robin Cook.
Sí, George W. Bush tiene unos pocos seguidores fieles: Ariel Sharon y Tom DeLay. Pero eso es todo. ¿Qué dice la administración estadounidense en respuesta a las críticas? El propio George W. Bush desprecia el debate como un "frenesí" y dice que todavía no se ha tomado ninguna decisión, algo en lo que nadie cree. El vicepresidente Cheney dice que, aunque Saddam Hussein aceptara ahora el regreso de los inspectores, habría que derrocarlo (posición que hasta Tony Blair encuentra inaceptable). Y el secretario de Defensa Rumsfeld dice que cuando Estados Unidos decida lo que hay que hacer, y lo haga, los demás le seguirán. Eso, dice, es lo que nosotros entendemos por liderazgo.
La cuestión es que, desde el punto de vista de los halcones, que ahora incluyen al propio George W. Bush, la oposición es irrelevante. En realidad les hace más felices tirar p’alante sin que nadie se sume. Lo que desean demostrar es que nadie puede desafiar al gobierno de Estados Unidos y salir bien librado. Desean derrocar a Saddam Hussein, no importa lo que hagan o digan otros, porque Saddam Hussein le ha faltado al respeto a Estados Unidos. Los halcones creen que sólo aplastando a Saddam podrán persuadir al resto del mundo de que Estados Unidos es el líder y debe ser obedecido en todo lo que diga. Por eso es por lo que también están impulsando la loca idea de obligar a otros países a firmar acuerdos bilaterales con Estados Unidos, garantizando un trato especial a los ciudadanos estadounidenses en cuestiones que sean de competencia del recién creado Tribunal Penal Internacional. El principio es el mismo. Estados Unidos no puede estar sujeto a la ley internacional porque es el líder.
Desde luego, todo lo que la oposición está diciendo –la oposición amistosa, no Al-Qaeda - es que Estados Unidos se está disparando en el pie y que de paso va a causar un daño enorme a todos los demás. Aparte del hecho de que la acción propuesta es ilegal bajo la ley internacional (invadir un país es agresión, y la agresión es un crimen de guerra), es una estupidez. Consideramos los tres posibles resultados de una invasión. Estados Unidos puede ganar rápida y fácilmente, con un coste mínimo de bajas. Puede ganar tras una larga y agotadora guerra, con un número considerable de pérdidas. Puede perder, como en Vietnam, y verse obligado a retirarse de Iraq después de una sufrir muchas bajas. Una victoria rápida y fácil, que obviamente es lo que espera la administración estadounidense, es lo menos probable. Le doy una probabilidad entre veinte. Ganar tras una guerra larga y agotadora es lo más probable, quizá dos probabilidades de cada tres. Y perder, por increíble que parezca (pero también parecía lo mismo en Vietnam), es un resultado posible, una probabilidad entre tres.
En cualquier caso, cualquiera de esos resultados daña los intereses nacionales de Estados Unidos. Supongamos que Estados Unidos gana fácil y rápidamente. Impresionará al mundo entero, intimidará a todo el mundo, y llenara de pánico a todo el mundo. Nada garantizará una pérdida más rápida de la influencia política real de Estados Unidos en el mundo, y sobre todo entre nuestros aliados y amigos, que ese resultado tan deseado por los halcones del gobierno estadounidense. Los halcones argumentan que eso restaurará el poder estadounidense. De hecho lo destruirá. Nos quedaremos sin amigos, con unos pocos aduladores y una gran mayoría de países llenos de resentimiento.
Y luego está el problema de qué hacer después de una victoria fácil. Hemos prometido a Turquía y Jordania y probablemente a Arabia Saudí que no permitiremos que Iraq se desintegre. ¿Pero podemos mantener la promesa? Sí, sí enviamos un procónsul estadounidense y al menos 200.000 soldados para una ocupación de larga duración del país (como en Japón después de 1945). Pero no tenemos intención de hacer eso, y la idea tendría consecuencias muy negativas para la administración estadounidense en casa. Un Iraq invadido sería algo así como Bosnia a comienzos de los años 90, presa de fuerzas étnicas internas y externas. En cuanto a Irán, Estados Unidos no parece decidir si quiere que esté de su parte o desea invadir Irán a continuación. En cualquier caso, aprovechará cuanto pueda la derrota de Iraq, y puede estar deseando su desintegración.
Los Estados árabes llamados moderados vienen gritando que una invasión estadounidense dañará ante todo a sus regímenes, que pueden no sobrevivir, y hará prácticamente imposible lo que ya es sólo una posibilidad remota, un acuerdo en Israel/Palestina. Esto parece tan obvio que uno se pregunta cómo puede ser que la administración estadounidense tenga dudas sobre ello. Tanto los halcones israelíes como los palestinos pueden verse infinitamente reforzados, y menos dispuestos que nunca a considerar cualquier acuerdo, no importa quién lo proponga.
Luego está el resultado más probable, una guerra larga y sangrienta. Puede que Iraq sea devuelto a la edad de piedra con los bombardeos como sueñan a menudo los impetuosos halcones: incluso puede ser devuelto a la edad de piedra con bombas nucleares. Pero antes Iraq utilizará cualquiera arma terrible que posea. Pueden ser menos numerosas y potentes que lo que asegura la propaganda estadounidense, pero incluso unas pocas y no tan poderosas armas pueden causar inmensos daños humanos en toda la región (y por supuesto en primer lugar en Israel). Las bolsas con cadáveres provocarán una envenenada guerra civil en Estados Unidos. Los costes económicos de la guerra, así como el impacto sobre el suministro mundial de petróleo, harán el mismo tipo de daño a largo plazo a la posición relativa de Estados Unidos en la economía-mundo que la guerra de Vietnam. Y si tenemos que cargar con la imputación moral de añadir nuevos bombardeos nucleares a los de Hiroshima y Nagasaki, puede llevar 50 años calmar la opinión mundial. Y entonces, cuando finalmente hayamos ganado, tendremos el mismo problema de qué hacer a continuación e incluso menos voluntad de hacerlo.
El tercer posible resultado –la derrota– es tan pavoroso que cuesta incluso pensar cómo lo juzgarán las futuras generaciones. Probablemente lo que más censuren será la incapacidad de la gente de Washington para juzgarlo una seria posibilidad. Los psiquiatras lo llamarán reniego.
¿Podría pedir más Osama Ben Laden?
Immanuel Wallerstein (1 de septiembre de 2002).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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